Un cigarrillo y un café

La felicidad es la certeza de que no todo está perdido.
-Un twittero @trovatour

     Estoy en la puerta de la facultad y son alrededor de las 10 de la mañana. Me tomo un café y apuro un alfajor; esta mañana salí tan rápido de casa que no tuve tiempo ni de desayunar, ¿para qué habré corrido si en definitiva llegué temprano? En fin...
"Encender, fumar, callarse de una puta vez"
     Sale un flaco a fumarse un pucho, le pido uno. Nunca tuve el vicio de fumar y creo -espero- nunca lo tendré, pero a veces un cigarrillo incita a reflexionar. Fue el peor pucho de la historia, horrible, de verdad, no sé ni de qué marca era, pero no duró más que unos instantes en los que se me vinieron a la cabeza un millón de cosas. Primero me acordé de él, que está tratando de dejarlo después de casi 10 años de vicio, y de ese punto de partida se siguieron un millón de pensamientos.
     Un pucho es una mierda, es tóxico, envenena. Al aspirar el humo podía sentir cómo se me pegaba a la garganta, podía sentir que se me subía a la cabeza y, creo, hasta me mareé un poco. Es una mierda, pero me hizo sentir algo, me hizo sentir cómo se conectaban las diferentes partes de mi cuerpo en ese pequeño malestar que el humo producía, me hizo sentir que, si bien era una mierda, se consumía él y no yo, que permanecía mientras que sus restos se disipaban en el viento. Es una mierda, pero no duró más que un instante y todo lo demás siguió igual.
     Mientras observaba la calle, vi pasar una ambulancia. La sirena siempre fue algo que me produce tristeza, me hace pensar en peligro, muerte, en que algo malo está ocurriendo. Pero, de nuevo, fue fugaz, duró un instante y luego desapareció en la esquina, como el humo de mi cigarrillo en el viento... "No hay mal que dure cien años", dicen, "ni cuerpo que lo resista..."
     Todo esto me llevó a pensar en él nuevamente, en mi último ¿desamor? Todavía no lo decido... Él es especial por donde se lo mire, a simple vista llama la atención por la particularidad de su pelo; ya nos conocíamos, sin embargo nunca lo había visto hasta que un día, en la Ultra, me sostuvo para que no cayera en medio de un pogo y en el instante en que sus manos rozaron mi cintura lo miré y ya nada volvió a ser igual: en ese instante supe que iba a ser especial. Sé que él también lo sintió, pero está más condicionado que yo en temas relativos al pensamiento: es racional, estructurado y piensa a fines prácticos, yo soy la bohemia que considera la existencia de cosas que escapan a la practicidad y racionalidad que definen a esta sociedad e incluso a lo que ven mis ojos...
     Durante un tiempo creo haberlo contagiado de mis mambos, ese fue el tiempo mágico en el que estuvimos juntos sin siquiera estarlo. El problema entre nosotros no es -parafraseándolo- un tema de cómo somos y cómo nos llevamos, sino el hecho de que él vive en Montevideo y yo en Buenos Aires. Me resulta hasta irónico, porque si tuviera que identificar nuestras personalidades con una ciudad, sería exactamente al revés. Él: caótico y estresante, y yo, si bien tengo mis caos, puedo asomarme a la rambla al final del día a pensar en nada y conectarme con mi naturaleza y mi propio espíritu encarnado en el mar...
     Esta es una de esas historias que se sienten correctas por donde las mires. Nos conectamos sin necesidad de contacto físico y cuando efectivamente nos vimos (de nuevo), todo eso estalló delante de nuestros ojos en un torbellino de sentimientos que excedió lo que hubiésemos podido llegar a imaginar. Fue tan fuerte y tan real que no puedo pensar en que se haya terminado, o que nunca más va a ser. Algo me dice que ésta es una de esas cosas que TIENEN QUE ser y nuestra historia en sí sumada a mi historia personal son la evidencia que sustenta mi hipótesis.
     Algo se rompió luego de que hube vuelto Buenos Aires. Quizás fue el miedo que, inundándonos de negatividad, nos hizo cambiar la frecuencia y desencontrarnos. Tanto miedo tuve que se materializó. Tanto miedo tuvo él que se encerró en su coraza, en ese aspecto duro de su personalidad, y dejó de contagiarse de mi forma de ver el mundo, dejó de percibir esa realidad que escapaba a sus ojos y volvió a su racionalidad, a su puerto seguro donde ahora, corre con ventaja.
     Me queda aferrarme a mis creencias, a que todo va a solucionarse en el momento justo, que todo va a ser si tiene que ser (y me resulta increíble lo convencida que estoy de esto aunque por momentos la tristeza me invada y lo olvide), que todo va a ser CUANDO tenga que ser, cuando los dos hayamos aprendido algo de toda esta situación.
     Hoy me siento bien, y es increíble lo bien que estoy en comparación a todas esas veces en las que también me sentí decepcionada porque una situación no resultó lo que yo esperaba. Ahora el sol se refleja en los vidrios de un edificio que hay en frente de la facultad, y me ilumina sólo a mí, sentada en esta escalera, y, siguiendo con las analogías, me siento iluminada, madura y tal vez, hasta un poco más sabia.
     Hoy él no está en la misma frecuencia que yo, pero como la energía se transforma constantemente, eso no quita que en algún momento lo vuelva a estar. Tendemos a temporalizar todo y en esos excesos de tiempo surgen nuestras ansiedades y nuestros miedos por ignorar la más grande verdad: no existe el tiempo universal. Para el universo no hay lunes, o martes, una semana o un mes, el universo es eterno y nosotros mismos lo somos, aunque lo ignoremos. Por ende, los "tiempos" son más largos, pero en realidad, no existe tal cosa como el tiempo. Son momentos, son instantes, son eternidades.
     Las crisis existen para que aprendamos a valorar esos momentos de paz del espíritu. Existen para que no perdamos de vista lo esencial y para que nuestras vidas encuentren su rumbo más allá de los problemas, para aprender a distinguir los milagros cotidianos en las pequeñas cosas, para empezar a intentar entender la infinita potencialidad de nuestras almas.
     El mal momento hay que pasarlo, pero dura un instante comparado con la gran eternidad, como un mal cigarrillo que se consume, y su humo, sus restos, se disipan en el viento...


     Tal vez nunca leas esto, y si lo hacés, quizás aún no me comprendas. Hoy el sol brilla para mí, hoy no quiero bajar los brazos. Hoy te quiero más que nunca y te espero, mientras sigo con mi vida, hasta que me encuentres en la misma frecuencia.

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