Confesión
Acabo de encontrarme con una foto tuya que tan solo verla me produjo una vorágine de sentimientos, me llenó de amor.
Cómo empezar a explicar el temor que sentí cuando creí que de verdad podía llegar a perderte siendo que yo ya sabía desde el primer día (o debería ser la primera vez que te miré, puesto que el acto de mirar implica cierta atención que no te presté la primera vez que te vi) que ibas a ser especial. Y es que no hay otra verdad más absoluta que esa: sos vos. Para mí. Mi compañero de vida.
A lo largo de toda mi existencia resultó ser que siempre te estuve buscando, y que apareciste cuando andaba distraída por la vida. Cierto es que me desesperé por volver a encontrarte en otra persona cuando creí que te había perdido. Pero personas como vos no se encuentran a la vuelta de la esquina (si lo sabremos nosotros, ¿verdad?) y estoy convencida de que sos el único, de que si no sos vos, no es nadie. Que no pude crearte, simplemente apareciste. Que sos vos y no otro. Que cuando quise forzarte no encajaste en ningún otro envase.
Creo que estoy desvariando, escupiendo acá pensamientos sin sentido, pero acabo de terminar de leer un libro que me voló la cabeza y me dejó pensando sobre la búsqueda de la Verdad y la felicidad, sobre la naturaleza y cuestiones meramente humanas. Y me di cuenta de lo valiosa que es la vida terrenal por sí misma, de lo absurda y aleatoria que es la existencia, de que quizás no todo se trate de la comprensión del absoluto, sino de uno mismo, y que probablemente no exista un Paraíso al final de mi línea del tiempo, pero que existe un Cielo, existe, y que mi Paraíso Terrenal sos vos.
Que te amo no es novedad, y no me importa cuán lejos estés ni cuánto pueda costar el estar, algún día, finalmente del mismo lado del charco; porque compartir mi vida con vos constituye un milagro terrenal y no lo cambiaría por ninguna distancia.
No estás lejos, te llevo acá, conmigo siempre.
Cómo empezar a explicar el temor que sentí cuando creí que de verdad podía llegar a perderte siendo que yo ya sabía desde el primer día (o debería ser la primera vez que te miré, puesto que el acto de mirar implica cierta atención que no te presté la primera vez que te vi) que ibas a ser especial. Y es que no hay otra verdad más absoluta que esa: sos vos. Para mí. Mi compañero de vida.
A lo largo de toda mi existencia resultó ser que siempre te estuve buscando, y que apareciste cuando andaba distraída por la vida. Cierto es que me desesperé por volver a encontrarte en otra persona cuando creí que te había perdido. Pero personas como vos no se encuentran a la vuelta de la esquina (si lo sabremos nosotros, ¿verdad?) y estoy convencida de que sos el único, de que si no sos vos, no es nadie. Que no pude crearte, simplemente apareciste. Que sos vos y no otro. Que cuando quise forzarte no encajaste en ningún otro envase.
Creo que estoy desvariando, escupiendo acá pensamientos sin sentido, pero acabo de terminar de leer un libro que me voló la cabeza y me dejó pensando sobre la búsqueda de la Verdad y la felicidad, sobre la naturaleza y cuestiones meramente humanas. Y me di cuenta de lo valiosa que es la vida terrenal por sí misma, de lo absurda y aleatoria que es la existencia, de que quizás no todo se trate de la comprensión del absoluto, sino de uno mismo, y que probablemente no exista un Paraíso al final de mi línea del tiempo, pero que existe un Cielo, existe, y que mi Paraíso Terrenal sos vos.
Que te amo no es novedad, y no me importa cuán lejos estés ni cuánto pueda costar el estar, algún día, finalmente del mismo lado del charco; porque compartir mi vida con vos constituye un milagro terrenal y no lo cambiaría por ninguna distancia.
No estás lejos, te llevo acá, conmigo siempre.
Te amo por toda la eternidad.
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