Cuando el Universo te manda un mail

     Es imposible escapar. Esa es la realidad.

     Uno viene a esta vida con un propósito, con una misión que no sólo consiste en transformarse y evolucionar a nivel espiritual, sino en ayudar y ser ayudado por otros a lo largo de ese camino, cruzarse con personas y cambiar su perspectiva de las cosas, sembrar causa positiva.

     La carrera es un medio, un medio para un fin que la sociedad lleva a cabo de manera equivocada. Uno no estudia para en el futuro devocionarse a un trabajo y una cultura que venera al dinero como medio en un mundo capitalista. Uno estudia para desarrollarse y capacitarse, para tener herramientas de comprensión del medio y para transformar su hábitat en un lugar mejor para sí mismo y quienes lo rodean.

     No, no soy de izquierda ni voté a Del Caño. Soy artista, y soy una incomprendida.

     Salí del secundario a la tierna edad de 17 años, convencida de toda mi vida que quería ser arquitecta, y una muy famosa, de manera de vivir en una mansión hermosa y tener dinero como para hacer lo que me viniera en gana. Error. En el CBC de la UBA descubrí mi pasión alocada por el dibujo y contra la opinión de mi familia, empecé a estudiar en el ese entonces IUNA (actual UNA) en cuanto tuve la oportunidad.

     Amé cada segundo que pasé en esa facultad. Conocí gente maravillosa y amigos de esos que duran para siempre. Me levantaba a las 5 de la mañana para entrar a cursar a las 8 durante cuatro horas en los talleres. Era feliz. Pero esa felicidad era incompleta puesto que la facultad era un desorden administrativo tras otro, un paro tras otro, una materia tras otra sin poder vislumbrar la posibilidad de avanzar. Un plan de estudios imposible, compuesto de 65 materias (¡ni un médico tiene tantas!), la visión de un futuro laboral inestable y el temor a "morir de hambre" vencieron. Y le cerré las puertas al IUNA con la esperanza de quizás, algún día cuando fuera más valiente, volver y tomar las riendas del futuro de colores que a mí me gustaba.

     En el año 2015 me lancé a una tercer carrera que prometía acercarme a otro tipo de arte que me fascina: la escritura. Y así terminé en el "Lenguas Vivas" estudiando traductorado literario en inglés. Y lo amé. Juro por Dios que me encantó. La posibilidad de estudiar dos lenguas que amo en profundidad y desarrollar mi capacidad de producción de textos... Simplemente maravilloso. Ese mismo año conseguí trabajo en un estudio jurídico y me transformé en todo lo que la sociedad esperaba de mí: la típica estudiante que trabaja full time en una oficina en el centro, arreglada con ropa de vestir y que usa los fines de semana para estudiar, ver a su novio y amigos, o todo eso junto.

     Pero entonces empezó el vacío. Algo en mí no estaba bien. Una parte de mí quedaba completamente abandonada e insatisfecha. Y empezó la depresión, empezó el llanto incontrolable durante todo el día, empezó la ansiedad y con ella los ataques de pánico que hace más de un mes me tienen prisionera de mi casa, temerosa de salir al mundo exterior.

     Mi intento de ser ese bicho de ciudad que la escuela y mi familia habían estado inculcando en mí desde que tengo memoria falló completamente. Y abandoné todo. Simplemente no podía seguir. Sufría cada mañana al despertar, me desesperaba la idea de que toda la vida fuera igual y cada noche al cerrar los ojos deseaba no volver a abrirlos y que todo se solucionara para mí. No quería vivir. No quería vivir esa vida que no era para mí, sino para los demás.

     Desde que empezó este año estoy intentando sanar, y adivinen qué: volví a escribir, a dibujar y a pintar y hasta empecé en un nuevo taller. Restauré un viejo baúl y ayudé a redecorar varios ambientes, incluyendo mi habitación. Volví a practicar budismo y a intentar recuperar las riendas de mi vida; incluso el insomnio está desvaneciéndose lentamente y cada vez son más los días que siento energía y ganas de levantarme de la cama para hacer cosas. ¿Qué cosas? Mi arte.

     Durante este tiempo me crucé con muchísimas personas de esas que parecen caídas de una palmera con quienes, sin siquiera darte cuenta, terminás hablando de tus temores y confesás las penurias que estás soportando, porque son de esas personas que se cruzan por tu vida para darte una mano y ese consejo que estás necesitando, y no se espantan, no, porque vienen a transmitirte un mensaje del Universo (o Dios, o de quien sea en que crean).

     Un mensaje del Universo. Un mensaje que vengo ignorando hace casi tres años.

     Y creo que hoy el Universo se cansó de mí. Y literalmente me llovió un link. Suena a joda, no es literal, pero casi.

     Y la encontré. Una escuela de artes ideal para mí. Un profesorado en Artes y una licenciatura en diseño gráfico. Todo ahí. Cerca de casa.

     No puedo evitarlo más, no puedo hacerme la desentendida, no puedo huir más. Sea lo que sea que me depara el destino, no puedo escapar de ser una artista. No importa lo que pase, hay un motivo, una razón que escapa a mi conocimiento que me lleva por ese camino. Puedo ser lo que sea, puedo ser traductora, escritora, hasta cartonera si se quiere, pero sea lo que sea, hay algo que no puedo decidir no ser: una artista.

     Y hoy, por primera vez, no tengo miedo de ser lo que tengo que ser. Hoy, por primera vez, no le temo al futuro. Hoy, por primera vez, quiero dar el salto y ver qué pasa. No me importa, no voy a escapar más. Voy a ser lo que vine a ser, y voy a hacer lo que he venido a hacer a este mundo: transformarlo y ser feliz.

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