La caja de cristal
Esta es una carta abierta a quien, ya sea por simple curiosidad o filantropía, busque entender lo que me pasa y quizás, sólo quizás, pueda identificarse y entenderse un poco más a sí mismo.
La lanzo en una botella a este mar cibernético que nos conecta a la espera de que, tal vez, también llegue a las manos de las personas que más necesito que la lean.
Siempre fui igual a mamá. Busco sus fotos de chica y es como verme a mí misma, como si hubiese viajado en el DeLorean para posar ahí, junto a mis abuelos. No sé si fue el parecido o que soy la más chica; quizás el hecho de que mi vieja perdió un embarazo antes de mí... El caso es que crecí con la frase "te quería tanto, tanto que saliste igual a mí" tatuada en la corteza cerebral y con una caja de cristal llena de algodón a mi alrededor protegiéndome de todo, siempre. Mamá canguro no iba a dejar que algo me pasara.
Por ironías de la vida, la caja de cristal fue lo peor que mamá pudo hacer por mí. Crecí en lo que hoy veo casi como un mundo de fantasía: todo estaba arreglado, mi vida estaba programada. Sabía lo que tenía que hacer y cuándo, no dudaba, no me detenía, y lo peor de todo es que creía que al final de ese camino me esperaba mi "felices para siempre".
Pero hay un motivo por el cual los cuentos de hadas terminan cuando lo hacen. No te muestran el momento en que la princesa se da cuenta de su realidad, cuando corre el algodón para ver y entonces las hermanastras resultan no ser malas sino simplemente humanas dominadas por su ego y esa madrastra vil una simple persona que hacía lo que creía mejor para todos.
No tuve la suerte de poder correr el algodón de a poco para dejar que se asome lentamente la luz del sol y me permitiera ver por primera vez, sacar de mis ojos el velo de la sobreprotección.
Mi caja de cristal se cayó del estante y se hizo añicos contra el piso de concreto a la tierna edad de dieciséis años. Y sé exactamente cuándo ocurrió.
Perder a mi abuela fue el duro despertar. Estaba ahí en el velorio, enterrando a mi figura paterna cuando vi asomarse por la puerta a mi progenitor real mientras mamá lloraba en un costado. Fue una disociación instantánea: mi abuela había sido mi mamá, que siempre trabajaba, y mi papá, que se había ido a vivir otra vida lejos de nosotras. Pasé de tener una única madre-padre a tener dos en el mismísimo instante en que mi nonna dio su último aliento.
Las cosas que me tocó afrontar después me robaron una parte de mi adolescencia. Tuve que crecer de golpe, chocar con la realidad de la misma manera que la caja de cristal chocó contra el concreto. Sangré por primera vez y tuve miedo, mucho miedo, pero por alguna extraña razón logré sobreadaptarme, logré afrontar lo que tenía en frente, todavía cegada por la repentina luz solar golpeando mis retinas.
Dice la psicología que el duelo de la adolescencia es descubrir la imperfección de los padres. Bueno, a mí me tocó -además- descubrir un mundo entero lleno de mierda e intentar digerirlo en cinco segundos.
Vivir en una caja de cristal más de la mitad de tu vida no te vuelve una persona precisamente adaptada y fuerte sino mas bien frágil: creés que tenés la vida resuelta, y sí, pero la vida no es una caja de cristal entre algodones. La vida es ese concreto frío y duro la mayor parte del tiempo. Vivir es sangrar.
No resistí.
Todo lo que creía de mí misma, todas las ideas que tenía sobre mi futuro se hicieron astillas junto al cristal. Entré en crisis. La crisis, creo/espero, más larga y difícil de mi vida.
No sé quién soy, no sé quiénes son realmente las personas a mi alrededor, no sé qué quiero ni de qué soy capaz (ya que toda la vida me lo dijeron, pero fundamentalmente me dijeron de qué NO era capaz) y no sé vivir en un mundo donde la gente se la pasa resistiendo como puede, guardando sus miserias y mostrando a los demás una sonrisa hipócrita. No sé vivir en un mundo donde la mayoría de la gente no es feliz, vive en horario de oficina y atrapada en relaciones sin amor. No sé vivir en un mundo hipócrita e infeliz porque la mayor parte de mi vida fue un cuento de hadas, fue ese mundo que los antiguos nativos imaginaban sostenido por elefantes que de pronto se empezó a inundar. Me vi obligada a cerrar el libro: la historia terminó, el final es abierto y no sé cómo seguir, no sé dónde estoy parada, no sé cuál es mi misión.
Me anestesio, porque eso hacen los psiquiatras con la gente como yo, ¿no? Darnos una pastilla para caminar entre la multitud que se baja del tren a la mañana y van decididos a algún lugar y a ninguna parte. Una pastilla que le dice a tu cerebro que vayas por la derecha, que la izquierda está mal. Una pastilla que te hace funcional al mundo e hipócrita para con tu mundo interior.
Mi problema es que las pastillas no logran reprogramarme. El golpe fue muy duro. Las heridas siguen sangrando, los moretones aún duelen. Llorar ya no me descarga y el suicidio dejó de ser una opción en el mismísimo momento en que descubrí que morir es darle un castigo eterno a las personas que, por humanas o por desconocimiento, no me supieron cuidar; y al mismo tiempo, son personas a las que no puedo culpar porque "ya soy adulta" y porque son tan humanas como yo, si no más.
Hay una parte de mí que anhela este despertar con fervor, que anhela que toda esta confusión termine; pero hay otra parte que todavía está juntando los pedazos de la caja, astillándose los dedos, tratando con todas sus fuerzas volver al puerto seguro porque no tolera el más mínimo contacto con el sufrimiento y al mismo tiempo es lo único que logra sentir.
La segunda parte de mí es la que viene ganando esta batalla interna. La segunda es la que, días como hoy, me domina y me obliga a tomarme una pastilla más para poder dormir, para poder seguir evadiendo toda esta realidad que todavía no logro/quiero digerir.
¿En qué momento va a sonar el despertador?
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