Uruguay
Se abre paso una luz que corta el cielo con una violencia poética mientras llego a esa terminal donde todo termina y vuelve a empezar. Una mariposa me da vueltas alrededor en medio de la tormenta: el peso de las gotas no detiene sus alas. Afuera llueve. La oscuridad que la luz corta se escurre en la ventanilla del micro que me ve pasar, testigo de la infinidad divina. No siento miedo y al mismo tiempo no puedo hacer más -ni menos- que quedarme quieta. La tormenta irrumpe la noche con furia, casi como si me gritara: "estás acá, seguís viva, y así de grande y violento es tu poder". Un caballo alado se esconde entre las figuras que los rayos dibujan, penetrante su mirada: hay algo más que tenés que hacer acá.
La ansiedad me aprieta el pecho y me acelera el pulso. Saldría corriendo a cazar rayos con la certeza de que nada en este mundo podría lastimarme ahora que sé que el Universo entero me cuida. Los ojos se me salen de sus órbitas tratando de captar una imagen en medio de ese blanco destello que todo lo congela por un instante. Estoy incrédula porque esto que siento es lo más parecido a la paz que me invadió en mucho tiempo. El peligro es palpable, sin embargo estoy tranquila pues la tormenta no es más que un reflejo de mi interior, de esa oscuridad que conozco tan bien y ya empiezo a dominar. Me arrancaría este sentimiento del pecho si tan sólo así te lo pudiese mostrar: no te das una idea de lo que me costó llegar hasta acá.
Y estoy sola, viajando sola. Y no, no podía ser otro lugar. Uruguay me atrae con un magnetismo aún más grande que la tormenta. Uruguay me hace sentir en casa. Uruguay me conecta con algo que me excede mucho más. Me siento tan fuerte en este momento que tengo miedo de pensarte demasiado y que te aparezcas frente a mis ojos así sin más. ¿Será que el amor que nos une es tan grande que excede toda mi mierda y me hace sentir gigante? ¿Será este sentimiento lo más cerca, unida, que podré estar de Dios? ¿Será que de verdad trascendemos todo? He dicho muchas veces que jamás me había sentido así, pero jamás volví a amar a nadie como te amo a vos: con esta intensidad de tormenta que ruge pero no mata, sino al contrario, me hace sentir cuidada y en paz.
En el cielo otro rayo y otra vez la mirada fija del pegasso: hay un rumbo que está marcado, sólo tengo que animarme a dar el salto que quiebre mi oscuridad y me permita volver a empezar en la orilla que corresponde a mi felicidad.
La ansiedad me aprieta el pecho y me acelera el pulso. Saldría corriendo a cazar rayos con la certeza de que nada en este mundo podría lastimarme ahora que sé que el Universo entero me cuida. Los ojos se me salen de sus órbitas tratando de captar una imagen en medio de ese blanco destello que todo lo congela por un instante. Estoy incrédula porque esto que siento es lo más parecido a la paz que me invadió en mucho tiempo. El peligro es palpable, sin embargo estoy tranquila pues la tormenta no es más que un reflejo de mi interior, de esa oscuridad que conozco tan bien y ya empiezo a dominar. Me arrancaría este sentimiento del pecho si tan sólo así te lo pudiese mostrar: no te das una idea de lo que me costó llegar hasta acá.
Y estoy sola, viajando sola. Y no, no podía ser otro lugar. Uruguay me atrae con un magnetismo aún más grande que la tormenta. Uruguay me hace sentir en casa. Uruguay me conecta con algo que me excede mucho más. Me siento tan fuerte en este momento que tengo miedo de pensarte demasiado y que te aparezcas frente a mis ojos así sin más. ¿Será que el amor que nos une es tan grande que excede toda mi mierda y me hace sentir gigante? ¿Será este sentimiento lo más cerca, unida, que podré estar de Dios? ¿Será que de verdad trascendemos todo? He dicho muchas veces que jamás me había sentido así, pero jamás volví a amar a nadie como te amo a vos: con esta intensidad de tormenta que ruge pero no mata, sino al contrario, me hace sentir cuidada y en paz.
En el cielo otro rayo y otra vez la mirada fija del pegasso: hay un rumbo que está marcado, sólo tengo que animarme a dar el salto que quiebre mi oscuridad y me permita volver a empezar en la orilla que corresponde a mi felicidad.
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