–Me gustaría
pedirte un favor, a pesar de todo, si no es demasiado –dijo.
–Lo que
quieras –prometí, con la voz ligeramente más fuerte.
–No hagas
nada desesperado o estúpido –me ordenó, ahora sin mostrarse distante–. ¿Entiendes
lo que te digo?
Asentí sin fuerzas. Sus ojos se enfriaron
y volvió a mirarme distante.
–Lo haré –murmuré.
Él pareció alejarse, pero sólo un poco.
–Te haré
una promesa a cambio –dijo–. Te garantizo que no volverás a verme. No regresaré
ni volveré a hacerte pasar por todo esto. Podrás retomar tu vida sin que yo
interfiera para nada. Será como si nunca hubiese existido. […] No te preocupes.
Eres humana y tu memoria es un auténtico colador. A vosotros, el tiempo os cura
todas las heridas.
–¿Y tus
recuerdos? –le pregunté. Mi voz sonó como si me estuviera asfixiando.
–Bueno –apenas
dudó un segundo–. Yo no olvidaré, pero los de mi clase… nos distraemos con suma
facilidad.
Se alejó de mi un paso. […] Las hojas de
una pequeña enredadera de arce temblaron con la tenue agitación del aire que
produjo su partida.
Se había ido.
Comentarios
Publicar un comentario