Reencuentro
"Esta vez miraré tu rostro
y así sabré dónde está mi hogar".
Luna Herida - Carajo
«Se volvieron a ver después de un año. Todos los recuerdos volvieron a la mente de ella como un torbellino de imágenes sin control: aquella primera mañana en la Rambla, el primer encuentro, el primer beso, aquel precioso regalo de una rosa en la noche de su regreso a Buenos Aires... También recordó la "pelea", las dudas, el miedo, y todas aquellas noches en vela en las que la única cosa que ocupaba su cabeza era la pregunta "¿por qué?" y la impotencia.
Se volvieron a ver después de un año, y en el instante en que él volvió a tomar su mano y secó sus lágrimas todo el tiempo transcurrido entre una visita y otra pareció desaparecer: era como si se hubiesen visto hacía pocos días, como si todo el dolor y el sufrimiento jamás hubiesen existido.
Tuvieron la charla, esa que se debían, esa que tenía como fin aclarar todo lo sucedido y recomponer -en la medida en que se pudiera- la relación. Ella observaba sus labios moverse, con los ojos inundados de lágrimas, mientras él le confirmaba todo aquello que ella siempre había sabido: "me mandé mil cagadas, tuve miedo y elegí la salida fácil, pero a pesar de haber manejado mal la situación, nunca dejé de quererte". Sin embargo ellos no pueden ser pareja, puesto que la distancia que los separa es muy grande, y no pueden ser amigos, puesto que se quieren demasiado para eso...
Esa tarde caminaron bajo la lluvia y hablaron, hablaron como hacía tanto tiempo no lo hacían. No se agarraron de las manos, sin embargo sus cuerpos se chocaban a cada paso en una necesidad de contacto el uno con el otro. La hora pasó y llegaron al momento de despedirse para volver a verse luego en el cumpleaños de un amigo en común. Él la alcanzó con su auto hasta la puerta de la casa de su amiga, donde se estaba hospedando, y allí estuvieron durante más de una hora: no querían separarse.
- Dijiste que me querías -preguntó ella en un momento, recordando la promesa de ser siempre sinceros el uno con el otro -. ¿Cómo me querés?
- Te quiero... mucho -respondió él-. Sos importante para mí.
- Me muero de ganas de darte un beso desde que te vi -sollozó, tomándose la cara entre las manos -. Y no puedo.
- Yo también muero por darte un beso... pero no quiero hacer nada que te lastime.
Se fundieron entonces en un abrazo de esos que te hacen cerrar los ojos y -como dice una canción- respirar el momento para guardarlo lo más fielmente posible en la memoria; y allí se quedaron un rato, suspendidos en el tiempo, hablando por hablar mientras la lluvia caía cada vez con más intensidad.
Y esta vez de verdad se les agotó el tiempo, al menos por esa tarde, y él tuvo que irse, pero no sin antes abrazarla el tiempo suficiente como para que ella tomara el coraje de acercar sus labios a los suyos una vez más. Y se besaron. Después de un año.
Cualquiera que hubiese visto la situación desde afuera se habría dado cuenta de que era lo correcto, que ellos pertenecían el uno al lado del otro. Él, siempre tan serio, había cambiado su expresión a esa que ella conocía muy bien, esa que le decía "estoy feliz, y tranquilo"; y ella, mezcla de incredulidad con euforia, no podía ocultar su sonrisa. Se reían y se daban de esos besos rápidos y pequeños que surgen espontáneamente cuando uno está loco por la otra persona y no quiere hacer otra cosa que besar sus labios, sus mejillas, su nariz y hasta morder sus orejas...
Un año, y era como si el tiempo no hubiese pasado para ellos.
Esa noche volvieron a verse en el cumpleaños, rodeados de amigos y otros no tanto. En un principio actuaron como simples conocidos puesto que había quien renegaba de su reencuentro, pero a las pocas horas se sentaron a hablar entre ellos y ya no se separaron: no tenían nada que ocultar y no querían ocultarse. Los amigos -con opiniones divididas- estaban felices por ellos, y hasta hubo quien -tras incentivarlos- los ayudó para que pudiesen irse juntos ya que era la última noche que ella estaría en Montevideo.
Y, dejadas las responsabilidades de lado, efectivamente se fueron a pasar juntos el resto de la noche.
Ella adoraba la Rambla, y él lo sabía. Y también sabía que no la había visto desde su llegada por lo que eligió acertadamente un precioso lugar al cual llevarla, cerca de un faro, rodeados por agua y barcos. Era una noche muy ventosa y, por ende, de intenso oleaje. Estaban sentados en su auto bajo una luna llena que se reflejaba en el agua inquieta, abrazados, besándose. Ella estaba absorta por la perfección del momento, lo sentía como un sueño. Y él... quién pudiera haber estado en su mente para saber a ciencia cierta qué estaba pensando, sintiendo.
Esa noche se amaron con una pasión contenida desde hacía tiempo. Se amaron, no existe otra forma de describir ese momento. Ella, con su rostro contra el de él, le susurró "te extrañé", y él se acurrucó sobre su pecho, rodeándola con los brazos: se sentía en paz, después de mucho, aliviado puesto que había creído ganarse su odio (pese a que la realidad fuera completamente lo opuesto: ella jamás podría odiarlo).
La Luna, anaranjada, se ocultó en el horizonte como si hubiese sido un sol de medianoche al tiempo que empezaba a amanecer detrás de ellos. Fue la escena más hermosa que ella hubiese visto en toda su vida puesto que en la caótica Buenos Aires hay poco espacio para la naturaleza. Luego dieron la vuelta, enfrentando el alba, y durmieron allí abrazados durante algunas horas.
La mañana avanzó rompiendo el hechizo: era hora de volver a las obligaciones, era hora de empacar. Él la llevó a la casa de su amiga con la promesa de que volverían a verse a las pocas horas y que irían juntos a la terminal puesto que él necesitaba "un poco más de esa paz que sólo ella podía darle".
La tarde se fue entre amigos, risas, mates, Rambla, recorridas turísticas, fotos y algunos chismes. Él se sumó al grupo más tarde, aunque con el tiempo suficiente como para compartir con ellos la cena.
El tiempo vuela cuando uno no quiere regresar. Ella no podía evitar la melancolía, esa melancolía de domingo que no es cualquier domingo, sino el que al terminar la encontraría a bordo del barco que la separaría de su hermosa Montevideo y de los brazos de su chico hiper-cute.
Se escaparon solos unas horas antes de que ella tuviese que partir. Esta vez él decidió llevarla al punto panorámico opuesto de la ciudad. Se quedaron allí en su auto, abrazados, mirando el mar desde la altura. Ella derramó algunas lágrimas (o debería decir unas cuantas) mientras que él lo manejaba mejor y se limitaba a mirarla con una expresión taciturna y a rodearla con sus brazos. Estaban indignados, se sentían impotentes: ¿por qué siendo que se querían tanto tenía que existir una distancia de 200 km. que los separara? ¿Cómo podían hacer para sortearla? ¿Cómo podían hacer para estar juntos?
Ha pasado un año, y aún desconocen las respuestas.
El resto del tiempo él trató de distraerla y ella se dejó caer en su juego puesto que estaba cansada de lágrimas. Rieron y jugaron con la certeza de que se volverían a ver pronto, aunque no supieran cuándo, y de que todo sería igual.
Fue entonces que, como en el cuento de la Cenicienta, sonaron las campanas que anunciaban que se había terminado el tiempo y que era momento de partir. Fueron hacia la terminal de Tres Cruces y, luego del check-in, se quedaron abrazados, besándose tanto como les fue posible, antes de que partiera el micro hacia Colonia, hacia su barco. Ella le expresó su esperanza: sabía que esta vez las cosas funcionarían un poco mejor para ambos, y confiaba en que él podría sortear el miedo que muchas veces dominaba su accionar.
Volvieron a abrazarse. Volvieron a besarse. Volvieron a decirse "te quiero", y ella volvió a partir...»
"Cuando sea el tiempo
me iré con vos".
Luna Herida - Carajo
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