Aquello que es nuestro
La lluvia era nuestra. Las noches eran nuestras. Las ocasiones que pasamos mimándonos el uno al otro en esa bañera eran nuestras.
El tiempo era nuestro, la eternidad (¿es?) era nuestra. Los chistes, la música, las risas y los abrazos que detenían el reloj eran nuestros.
Lo teníamos todo, pero todo no siempre es suficiente.
A veces me olvido de que tu trabajo en esta vida también es trascender. A veces olvido que el miedo puede más. A veces me hago la tonta y finjo no saber por qué nuestra historia está plagada de tragedia.
A veces el amor puede más (resulta que a mí siempre me puede más); entonces rompo el silencio, escribo ese mensaje, hago ese llamado aunque sepa que del otro lado no va a estar la persona que amo sino la que me tiene miedo, la que se siente culpable, la que carga con mi vida sobre sus hombros.
¿No es hasta un poco irónico? Yo vivo, en la distancia, pendiente de que no me necesites, de que sea lo que sea que pase estés bien; y vos -que te esforzás tanto por dejar en claro que no pensás en mí- vivís pendiente de cada paso, de cada publicación que te diga "estoy viva, sigo acá pateando piedras en este mundo de mierda".
Y no me voy a ir por mucho que temas. No me voy a ir porque es todo tan triste que no puedo elegir yo, hasta el libre albedrío tiene sus reglas. No me voy a ir porque si esta vida es un infierno sin vos no quiero siquiera imaginar una en la que no estés para mentirme de vez en cuando fingiendo que todo está bien, que no tenemos más que buenos recuerdos.
No me voy a ir porque gana el amor y el deseo de encontrarte una vez más, mirarte a los ojos inundados de lágrimas y decirte: "¿viste, cobarde, que vos y yo estábamos destinados a morir tomados de las manos?"...
El tiempo era nuestro, la eternidad (¿es?) era nuestra. Los chistes, la música, las risas y los abrazos que detenían el reloj eran nuestros.
Lo teníamos todo, pero todo no siempre es suficiente.
A veces me olvido de que tu trabajo en esta vida también es trascender. A veces olvido que el miedo puede más. A veces me hago la tonta y finjo no saber por qué nuestra historia está plagada de tragedia.
A veces el amor puede más (resulta que a mí siempre me puede más); entonces rompo el silencio, escribo ese mensaje, hago ese llamado aunque sepa que del otro lado no va a estar la persona que amo sino la que me tiene miedo, la que se siente culpable, la que carga con mi vida sobre sus hombros.
¿No es hasta un poco irónico? Yo vivo, en la distancia, pendiente de que no me necesites, de que sea lo que sea que pase estés bien; y vos -que te esforzás tanto por dejar en claro que no pensás en mí- vivís pendiente de cada paso, de cada publicación que te diga "estoy viva, sigo acá pateando piedras en este mundo de mierda".
Y no me voy a ir por mucho que temas. No me voy a ir porque es todo tan triste que no puedo elegir yo, hasta el libre albedrío tiene sus reglas. No me voy a ir porque si esta vida es un infierno sin vos no quiero siquiera imaginar una en la que no estés para mentirme de vez en cuando fingiendo que todo está bien, que no tenemos más que buenos recuerdos.
No me voy a ir porque gana el amor y el deseo de encontrarte una vez más, mirarte a los ojos inundados de lágrimas y decirte: "¿viste, cobarde, que vos y yo estábamos destinados a morir tomados de las manos?"...
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